
Le gustaría comerse los dedos
de mi pie izquierdo
con una suave salsa de cerezas
y sorber con fruición mis huesecillos.
Asaría mi tobillo derecho,
atado con delicado cordel,
a las finas hierbas.
Bebería mi sangre menstrual,
con unas gotas de licor
y pizca de canela.
Doraría los puños al horno,
rociados con zumo de ciruelas
y pasas desecadas al sol.
Saltearía mis muslos en aceite
y los devoraría a la noche,
acompañados con dulce vino.
Después –grande como una vaca
cansada de comer-,
se echaría a rumiar
su gigante bolo alimenticio,
satisfecha de la deglución.
Si alguien le reprochara,
haber devorado lo que amaba,
con los ojos resplandecientes de placer, diría:
“De lo que se come, se cría”
Quería comenzar con este poema, de Cristina Peri Rossi, porque dice sobre la experiencia lésbica. Una experiencia que pasa por el cuerpo y a través de él se procesa.
En estos días me ha tocado el gusto de leer las narraciones de las mujeres, sobre todo jóvenes, en una investigación para una historiografía lésbica. Desde allí me planteo está reflexión. Me ubico desde mi propio cuerpo porque desde allí entiendo la palabra. Creo que es el cuerpo y el placer desde donde es posible hablar de lo lésbico. Es esa la geografía que evoca.
Para entender: las percepciones, imaginarios y realidades sobre el lesbianismo[1], propongo mirarlos como las geografías y los textos que se dibujan en los cuerpos lésbicos. Es decir, he escogido analizar las geografías y los textos del cuerpo lésbico o sobre el cuerpo lésbico, o más bien del cuerpo lesbiano como se titula el poemario de Monique Wittig. Un libro innovador donde el yo se convierte en Y/O multiplicando el singular.
De eso se trata, de multiplicar el singular. El cuerpo, y el cuerpo lesbiano suponen la multiplicidad. La multiplicidad en sus formas de representación, de verse, de estar, de definirse, incluso en una variedad de prácticas sexuales y políticas. Lo único común en el cuerpo lesbiano es la aceptación de que el sujeto del deseo es otra mujer, o más bien otras mujeres. Y de que en ese deseo hay una búsqueda por el placer.
Este encuentro con el placer se constituye no sólo en una forma de identificación sino de identidad. Es decir, hay una identificación con el gusto por las mujeres y este gusto, que deviene de sensaciones, experiencias y prácticas de placer se convierte en signos de identidad. Así lo definen las mujeres lesbianas de Guayaquil, Quito, Portoviejo y Manta. La atracción, el deseo, y el placer con otra mujer, o el amor hacia otra mujer, es ser lesbiana.
La lesbiana es en el cuerpo, es, en la medida en que a través de las propias sensaciones, del deseo, el cuerpo habla. El ser lesbiana es dejar que el cuerpo sea, sienta, goce. Si bien todas las identidades son corporizadas, al inscribirse en cuerpos de hombres o mujeres, es decir, inscritos genéricamente, esta inscripción en el caso de la lesbiana es una identidad que se produce en la afirmación de un placer que se niega para las mujeres (el vivir el placer con otra). En esa identidad de género definida en el marco de la heterosexualidad, la lesbiana es la invertida.




Qué es lo femenino en una lesbiana habría que preguntarse? Qué comporta lo femenino, en las prácticas y en la experiencia sexual lésbica, si lo femenino socialmente establecido pierde los bordes? La performatividad femenina en la estética del vestido es lo femenino? Podemos dotar de contenidos de lo femenino y masculino a las prácticas sexuales lésbicas que se perfilan desde la sexualidad de los hombres como lo activo y lo pasivo?
de mi pie izquierdo
con una suave salsa de cerezas
y sorber con fruición mis huesecillos.
Asaría mi tobillo derecho,
atado con delicado cordel,
a las finas hierbas.
Bebería mi sangre menstrual,
con unas gotas de licor
y pizca de canela.
Doraría los puños al horno,
rociados con zumo de ciruelas
y pasas desecadas al sol.
Saltearía mis muslos en aceite
y los devoraría a la noche,
acompañados con dulce vino.
Después –grande como una vaca
cansada de comer-,
se echaría a rumiar
su gigante bolo alimenticio,
satisfecha de la deglución.
Si alguien le reprochara,
haber devorado lo que amaba,
con los ojos resplandecientes de placer, diría:
“De lo que se come, se cría”
Quería comenzar con este poema, de Cristina Peri Rossi, porque dice sobre la experiencia lésbica. Una experiencia que pasa por el cuerpo y a través de él se procesa.
En estos días me ha tocado el gusto de leer las narraciones de las mujeres, sobre todo jóvenes, en una investigación para una historiografía lésbica. Desde allí me planteo está reflexión. Me ubico desde mi propio cuerpo porque desde allí entiendo la palabra. Creo que es el cuerpo y el placer desde donde es posible hablar de lo lésbico. Es esa la geografía que evoca.
Para entender: las percepciones, imaginarios y realidades sobre el lesbianismo[1], propongo mirarlos como las geografías y los textos que se dibujan en los cuerpos lésbicos. Es decir, he escogido analizar las geografías y los textos del cuerpo lésbico o sobre el cuerpo lésbico, o más bien del cuerpo lesbiano como se titula el poemario de Monique Wittig. Un libro innovador donde el yo se convierte en Y/O multiplicando el singular.
De eso se trata, de multiplicar el singular. El cuerpo, y el cuerpo lesbiano suponen la multiplicidad. La multiplicidad en sus formas de representación, de verse, de estar, de definirse, incluso en una variedad de prácticas sexuales y políticas. Lo único común en el cuerpo lesbiano es la aceptación de que el sujeto del deseo es otra mujer, o más bien otras mujeres. Y de que en ese deseo hay una búsqueda por el placer.
Este encuentro con el placer se constituye no sólo en una forma de identificación sino de identidad. Es decir, hay una identificación con el gusto por las mujeres y este gusto, que deviene de sensaciones, experiencias y prácticas de placer se convierte en signos de identidad. Así lo definen las mujeres lesbianas de Guayaquil, Quito, Portoviejo y Manta. La atracción, el deseo, y el placer con otra mujer, o el amor hacia otra mujer, es ser lesbiana.
La lesbiana es en el cuerpo, es, en la medida en que a través de las propias sensaciones, del deseo, el cuerpo habla. El ser lesbiana es dejar que el cuerpo sea, sienta, goce. Si bien todas las identidades son corporizadas, al inscribirse en cuerpos de hombres o mujeres, es decir, inscritos genéricamente, esta inscripción en el caso de la lesbiana es una identidad que se produce en la afirmación de un placer que se niega para las mujeres (el vivir el placer con otra). En esa identidad de género definida en el marco de la heterosexualidad, la lesbiana es la invertida.

“No podía negar mi cuerpo”, dicen las lesbianas de la costa, o “este tema me entró por el cuerpo” una mujer lesbiana de la sierra. Es decir, que la experiencia corporal de ser mujer, se transforma en identidad sexual lésbica en el momento que pasa por el deseo o el placer hacia otra (s) o con otra (s). Dicho de otro modo, la corporeidad femenina inicialmente pre-concebida como heterosexual, independientemente de la existencia o no de prácticas heterosexuales, se modifica cuando el cuerpo expresa otro deseo, busca otro placer (en este caso lésbico) o lo encuentra.
Es entonces, una identidad que se construye en la “travesía por el cuerpo”, en topografías idénticas que hacen eco de una misma. Nora, el personaje de Nightwood (Bosque de Noche) de Djuna Barnes habla de este ella/yo misma:
Es entonces, una identidad que se construye en la “travesía por el cuerpo”, en topografías idénticas que hacen eco de una misma. Nora, el personaje de Nightwood (Bosque de Noche) de Djuna Barnes habla de este ella/yo misma:
“una mujer eres tú atrapada mientras te vuelves presa del pánico, en su boca besas la tuya. Si te la quitan afirmas a gritos que te han robado parte de ti misma” [2].
En esta relación de la mujer lesbiana, de los cuerpos lesbianos, con otras mujeres, ella, yo, nosotras, son, somos, cuerpos abyectos, cuerpos fuera del cuerpo social como dice Judith Butler, allí está también la diferencia. Más aún, Monique Wittig y Teresa de Lauretis, no sólo definen a las lesbianas, a los cuerpos lesbianos como cuerpos abyectos, sino también como sujetos excéntricos. Sujetos excéntricos dice Wittig, porque la lesbiana no adscribe al ser mujer (social) porque rompe con una relación específica con el hombre.
Está excéntrica en palabras de Trin T. Min-ha, sería la otra inapropiada.
La relación entre cuerpo, subjetividad e identidad, se inscriben en la experiencia, pero en la experiencia no como dualismo entre lo exterior y lo interior, sino como flujo entre el adentro personal y el afuera social. Experiencia sería el termino para designar como lo hace de Lauretis (2000: 54) al “proceso a través del cual se construye la subjetividad en todos los seres sociales”, “como un complejo de efectos de significados, costumbres, disposiciones, asociaciones y percepciones derivadas de la interacción semiótica de uno mismo con el mundo externo”. Es decir, “la constelación o configuración de efectos de significado que se llam(a) experiencia, se modifica y se reconstituye constantemente en cada sujeto mediante la continua interacción con la realidad social ... ” y que pasa, agregaría yo, necesariamente por los cuerpos, por el cuerpo vivido en este flujo.
Tanto la subjetividad como el cuerpo y la identidad son topografías de conflicto y contradicción. En consecuencia, ni la subjetividad, ni la identidad, ni el cuerpo lesbiano están fuera del conflicto y la contradicción. En ellos más bien son, están o devienen los cuerpos lésbicos. Por lo tanto, analizar las representaciones sociales, los imaginarios que circulan o se distribuyen en torno a lo lésbico o al cuerpo lesbiano, es analizar aquellas representaciones que se producen en discursos sociales que lo niegan o afirman.

Según Andrea Rodó (1997:81-84)[3], las representaciones sociales pueden referirse al “tipo de conocimiento que podemos llamar sentido común”. Un conocimiento que si bien es externo “interviene sobre la realidad”.
El concepto de representación social permite comprender la relación entre individuo y sociedad. La representación social, es “eco de un grupo social”, que “determina comportamientos y la comunicación entre individuos, porque a la vez refleja la naturaleza de los estímulos que nos rodean y define el contenido de las respuestas que damos”. En este sentido, en las representaciones no es posible establecer un límite claro entre lo subjetivo y lo objetivo, lo individual y lo social, se juntan, se mezclan, se confunden, dice Rodó.
Al ser las representaciones sociales está relación entre individuos y sociedad, son igualmente cambiables y modificables, incluso desaparecen con los cambios que se producen en el desarrollo de las sociedades y en el conocimiento.
Son tres las dimensiones de la representación social: la actitud, la información y el campo de representación. De estas, la más relevante porque antecede a las demás es la de la actitud, ya que orienta las acciones de los individuos al ser “una toma de posición que antecede y sobredetermina las demás dimensiones de la representación”. La información hace referencia a los conocimientos sobre un grupo o situación, la cantidad y calidad de la información. Y el campo de representación se relaciona con “el conjunto de actitudes, imágenes, opiniones, etc., presentes en una misma representación”.[4]

Cuál son hoy las representaciones sobre la lesbiana y el cuerpo lésbico? Sin duda, las representaciones son muchas, tantas como los discursos y las imágenes que de las lesbianas y del cuerpo lesbiano se ha construido. Entre estas representaciones que se perduran aún, en nuestro medio, aquellas que hacen de cualquier homosexual, hombre o mujer, un ser anormal o enfermo, pervertido, raro. Y de la mujer lesbiana una mujer que no es femenina.
Haré énfasis en la patologización del cuerpo lésbico y del lesbianismo en particular, es producto de la sexología del siglo XIX y principios del XX, creada por Kraft Ebing, Florel, Bloch y Havelock Ellis. Estos autores la identificaron como un modo de comportamiento sexual y de ser que afecta profundamente y menoscaba la feminidad de las mujeres[5].
Este discurso sexológico, nutre los imaginarios. La lesbiana, cuasi hombre, que no hace ni se comporta como lo hacen las mujeres. La mujer con deseos de hombre, por que le gustan las mujeres, no hace suyo lo que le “corresponde”. La mari-macho dicen en nuestra cultura, para significar con este término el mismo sentido de este hombre en un cuerpo de mujer. Su comportamiento sexual se lo entiende como un atentado contra lo que se espera de las mujeres. Lo que está en cuestión es la feminidad, la feminidad como práctica sexual y conjunto de prácticas sociales.
Este imaginario es uno de los que prevalece. En las imágenes, está una mujer varonil y que actúa como hombre. Si bien, este imaginario, gracias a la presencia pública de mujeres lesbianas se va desdibujando, por lo menos en parte, en cuanto a la visión de las lesbianas como anormales o enfermas, aún en las mismas mujeres lesbianas ecuatorianas existe el temor de la relación con lo masculino, o no identificación. “Yo sigo siendo femenina” afirman algunas. Se evidencia por lo tanto, la relación, la interacción entre la representación social y la auto-representación.

Qué es lo femenino en una lesbiana habría que preguntarse? Qué comporta lo femenino, en las prácticas y en la experiencia sexual lésbica, si lo femenino socialmente establecido pierde los bordes? La performatividad femenina en la estética del vestido es lo femenino? Podemos dotar de contenidos de lo femenino y masculino a las prácticas sexuales lésbicas que se perfilan desde la sexualidad de los hombres como lo activo y lo pasivo?
La crítica cultural de las lesbianas artistas ha sido fundamental para abrir nuevas miradas sobre la lesbiana y el cuerpo lesbiano. De Laureits (2000: 96) dice en este sentido “re-escribir el cuerpo más allá de sus representaciones convencionales y precodificadas no puede contenerse con la reapropiación ni la representación del cuerpo como está …” Hay que crear, por lo tanto, nuevas representaciones que excedan las existentes.
Por otra parte también hay que re-definir lo lésbico desde las experiencias que nos son propias.
Al interior del feminismo y de sus posiciones teóricas, hay feministas para quienes la práctica sexual o el deseo por otra mujer no define lo lésbico. Cuándo la práctica sexual se convierte en identidad? Cuando las mujeres que han vivido así la nombran, porque esa es su percepción y experiencia vital. El nombrarse es el momento que define la identidad.
“.. mi cambio fue que yo me definí, o sea yo ya estaba definida pero no me aceptaba ….” EM 11, dice una mujer lesbiana, lo que nos da luces para comprender elementos de algunos procesos de la identidad lésbica, porque como es obvio no todos los procesos son iguales. El deseo, la experiencia del placer, deshacer la lesbofobía de los Otros/as, la propia, y nombrarse. Nombrarse para sí o frente a Otros/as, es la propia aceptación de subvertir un orden, es la afirmación de una experiencia vital como posible, deseable, sea esta transitorio, cambiante o permanente.
Finalmente, en esta relación íntima entre cuerpo y placer en la que el feminismo inscribió lo lésbico, aún queda por afinar el contenido de nuestras diferencias. Si bien el feminismo se ha preocupado de dar cuenta de ellas, hay tensión sobre lo que significa la diferencia de ser lésbica. El ser lesbiana cambia cualitativamente la materialidad de la desigualdad de las mujeres. No como mera sumatoria, lesbiana más mujer equivalente a más desigual que otras mujeres, no, no en ese sentido. Más bien al pensar la diferencia es importante preguntarse sobre cuáles son los mecanismos y los procesos a través de los cuáles se configura la heterosexualidad como institución y cuál es el lugar de los cuerpos lesbianos y las mujeres lesbianas en la ideología patriarcal.
Estas para mí son parte de las tensiones que evidencian las diferentes aproximaciones al lesbianismo en la teoría y práctica política feminista. En definitiva, la tensión entre cuerpos, identidad y sujetos.
Texto: Tatiana Cordero Velásquez
Fotografías: Anónimas
[1] Este es el tema propuesto por Causana para la presentación.
[2] Citado en de Lauretis: 2000:85
[3] Ver el artículo de la autora “El cuerpo ausente” en Debate Feminista, “Cuerpo y Política”, 1997, México.
[4] Ibid. 84
[5] Weedon 1999:52

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